tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él
Veía hace pocos días al atleta Mondo
Duplantis. Cada intento de salto mostraba la elegancia
y la fluidez de este extraordinario pertiguista que en la actualidad y sin
rival que amenace sus marcas tan sólo compite contra el mismo.
El deportista sueco establecía hace unos meses en septiembre del pasado año (va de centímetro en centímetro) su propio récord mundial elevando el listón a seis metros treinta.
Otros movimientos evolutivos, selección madura ya escritos, se alzan, se ajustan con precisión sintonizando el dial hacia su escucha.
Avanzan que será a partir del año que viene que, mi única llave giratoria, lógica de un conocimiento que me guíe, encaje en la cerradura por la que transitamos en esta semana.
Vivimos finales de
ciclos de ruido intenso donde la emoción sin discurso grita y expulsa.
Pero hay un cambio de época que no se anuncia con ruido, sino que subyace con dirección inequívoca. Viene de camino y algunos ya la sentimos.
Durante mucho tiempo la memoria colectiva se abrió desde la pregunta, desde la necesidad de comprender lo incomprensible. El pasado se miraba como un enigma a descifrar, un rito, una costumbre, un pozo del que extraer sentido. Y todo eso, además que lo anuncia el programa tiende a agotarse.
Ahora que lo que viene no pide
explicación, si nos va a pedir trayectoria. La memoria dejará de ser
archivo emocional para convertirse en impulso. Ya no recordaremos para entender, sino para avanzar. El pasado no se honrará por lo que fue, sino por lo que nos
permite construir.
Este giro coincide con una
transformación más profunda: la sensibilidad humana cambia de función. El
sentir deja de ser tormenta y se vuelve lectura. La emoción ya no exige
descarga ni relato, se convierte en señal. No arrastra: orienta.
En ese contexto mi manera de
percibir también aprecia giros, de hecho, en su umbral ya lo lleva
haciendo: sobria, atenta, no reactiva, deja de interesarse por lo excepcional y empieza, y lo
digo se me entienda sin acritud, a ser adelantada a un tiempo.
La escritura ya no excava tanto en
lo incognoscible como en el pasado, se eleva. No conserva las huellas del dragón fosilizadas, trata de marcar rumbos. Lo que antes era
testimonio, resumen de una época, emoción desbordada, ahora es y será palanca.
Lo noto, lo siento, el deseo en mi
pierde urgencia y poco a poco gana altura. La gracia no se muestra, pretendo se
irradie. El tiempo deja de avanzar en línea y se pliega en espiral (me perdonen
una vez más si me repito) no por nostalgia, sino por integración. Nada se
pierde, todo se recoloca.
Esto, y es lo que viene, no es un
tránsito hacia más intensidad, sino hacia más claridad. Menos misterio, más
sentido operativo. Menos pregunta, más paso siguiente. No se trata de saber
más sino de estar a la altura de lo que pide ser vivido.
Y esto no se entiende de golpe, se asienta centímetro a centímetro como ese listón que se eleva. Una manera en la que cada impulso transforme en lo personal y en paralelo roce a quien lo viva.
En el umbral de este año anuncio con rendición lúcida el misterio que en mi persona cierra por maduración una visión encarnada arquetipo en lo individual, de lo colectivo, del cierre definitivo de estos últimos 411 años.
Y oriento una antena emocional afinada, sensible al tránsito, testigo silencioso del progreso del espíritu humano. Una vida que me coloca donde el viento como un instrumento nos toca.