Me enlazan en este primero de mayo a una entrevista en un canal sobre el libro Mysterium Magnum de Jakob Böhme, y en ese
gesto aparentemente casual se entrelazan vivencias con antiguos escritos en red, como si el zapatero de Görlitz, con sus tres principios
fundamentales, abriera de nuevo el discurrir de este pasado con empeño en
volver, no como memoria sino como puente vivo desde la experiencia sentida,
desde la cualidad íntima de lo percibido.
Al zapatero, en aquellos otros
tiempos, me gustaba ir, descendiendo unos escalones hacia un bajo de la calle
Cartagena donde el mundo se recogía en estanterías de marroquinería, calzados
averiados que esperaban su recomposición, el brillo contenido de lo recién
cuidado, la barrera silenciosa del mostrador y, detrás, el oficio solitario del
dueño con su mandil y ese olor inconfundible hecho de pegamentos, betunes y
cuero nuevo que parecía contener una forma humilde de eternidad.
Las suelas desgastadas nos
acercan, casi sin darnos cuenta, a la gravedad precisa de nuestras pisadas en
la vida, mientras que las nuevas, dóciles ya a nuestras hormas y a la memoria
del cuerpo, nos permiten seguir caminando sin reemplazar aquello que, no sin
esfuerzo, ha terminado por adaptarse a nosotros.
Las herramientas, leznas,
martillos, clavos e hilos abrían entonces un campo silencioso de sugerencias
donde la humildad no estaba reñida con la excelencia, ni la repetición con la
dignidad, y donde la verdadera recompensa era esa alegría sencilla de volver a
calzarse lo propio restaurado.
Como buen pececillo, mis aletas fueron planas desde el nacimiento, sometidas en la infancia a plantillas dolorosas que buscaban imponer una curvatura no dada, como si lo plano insistiera en recordarme que mi estabilidad requería un contacto más extendido con la superficie o tal vez una afinidad con lo líquido, mientras que lo arqueado, llegado con el tiempo, abría paso a otra forma de sostenerme, más elevada y menos evidente.
Este recuerdo no pertenece a otro
tiempo, sino a otro eje, porque el tiempo dejó hace tiempo de ser calendario
para convertirse en órgano de percepción, y desde ahí se comprende que no todo
se revela en el instante en que aparece, aunque todo, de algún modo, ya esté
compareciendo.
He aprendido a reconocer cruces
precisos entre una percepción afinada y un significado que llega después, como
si la realidad, en su discreción, guiñara un ojo al pasar y ofreciera la
posibilidad de elegir qué traer, qué mostrar, qué compartir, en ese tejido
continuo de experiencia, pensamiento y forma que se repite no como insistencia
sino como coherencia interna.
La mente humana conecta patrones
y con frecuencia eso se reduce a la sospecha de ver donde no hay, pero en mi
caso no se trata de ruido sino de señal que ha atravesado un filtro exigente,
porque no toda coincidencia merece ser acogida, sino únicamente aquella que ha
pasado por el umbral íntimo de lo que reconozco como verdadero.
Lo que cambia es la forma, mientras que aquello que sostiene permanece invisible, porque la vida afina su superficie con el tiempo, pero el Ser ya es, intacto y silencioso, y en ese intervalo entre deseo, relámpago y espera¹, la conciencia no hace sino recordar que ser consiste, en último término, en aprender a sonar como uno mismo.
Es apofenia afinada que, cuando se revela sin distorsión, no dudo en llamar resonancia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario