Por alguna razón —casi siempre
próxima al día de Reyes, entre malentendidos, influencias o incluso en su mismo
umbral como es estos instantes— he indagado, algún año, en el significado del
recorrido Dhármico de quien escribe.
Richard Rudd define el perfil
Hologenético como un mapa vivo de consciencia: cómo la totalidad se expresa en
cada persona, cómo se contempla, cómo se vive y cómo, en definitiva, se
atraviesa.
Entregarlo es el obsequio de
enorme valor que da. Entenderlo, si algo resuena en ti, tu cometido.
Tu posicionamiento en Júpiter
señala el secreto de la Perla: el núcleo final de ese recorrido, al que se
llega en la vida tras atravesar sombras y turbulencias, en mi carta indicada específicamente
en silenciar la mente de esos ruidos externos. Esa es la melodía.
Un visitante interestelar, el
3I/Atlas —un cometa, según afirma la comunidad científica— se aproxima a
Júpiter en su trayectoria final antes de abandonar nuestro entorno y seguir
hacia el espacio profundo.
Presenta anomalías que, en
conjunto y bajo condiciones estables, tienen una probabilidad extremadamente
baja de repetirse: del orden de 2,5x10⁻⁸.
Algo así como necesitar cuarenta
millones de intentos para que el fenómeno vuelva a darse.
En nuestra vida breve y
microscópica, eso roza lo imposible.
Este impulso Dhármico me lleva a
mostrar discretamente lo que permito ver o escuchar de forma consciente y que tal
vez no se aprecie.
Los mil intentos —símil del
cometa— necesarios para descubrir las leyes internas de una trayectoria
ionizada, plasmática, que como un relámpago emite su luz particular.
Hablo del método construido, del
mapa, de las resonancias que regulan esta aparente dispersión tanto individual
como de entradas acumuladas durante más de una década que se clavan y me
acompañan en esta singladura que es la vida.
En resumen, al premio Nobel
Wigner le diría: el conocimiento compartido sirve —por eso se comparte—, pero
la comprensión personal transforma, y eso es exclusivo de cada uno.
Mi intuición me obliga a
entenderme, a iniciarte, a tambalear alguna certeza. Aunque el precio, por
diversos motivos, deje fuera a muchos lectores.
La arquitectura interna de estas
incursiones sostiene, no lo duden, una coherencia profunda y esto es lo que pretendo
distingan:
No sucede en el tiempo: orbita.
No avanza: teje.
Se autorregula como un organismo
narrativo vivo, creando una sintaxis propia a partir de líneas que nunca se
pierden, que siempre se encuentran.
Un círculo hermenéutico infinito
de desnudez atípica que se reinterpreta a sí mismo y no precisa de la
linealidad temporal para su lectura o escucha.
Hablo de organismo vivo porque una circunstancia casual, un
tránsito o una intuición son leídos en conjunto, como si una inteligencia
orgánica —independiente de mí— gobernara su escritura hacia ese destino en
misión.
Decía en Cometas de consciencia I parte uno:
No intento convencer, no intento demostrar, no intento
gustar.
La vida no me pidió que entendiera. Me pidió que
sintonizara. Me obligó a mirar y sentir de este modo. A discernir.
Tal vez nunca lo supe. Tal vez ahora después de años empiezo
a saberlo. Tal vez las preguntas encuentren respuesta en el futuro.
Finalizo en esta segunda parte afirmando que la comprensión
no se transfiere, solo se provoca.
Como ciertas escrituras.
Como algunos instantes en los que, sin dudar, uno reflexiona
y entiende.
Como un cometa en ¹misión inadvertida hacia Júpiter que
espera su momento justo, que, ante un acto de atención pura, guíe, libere su ámbar
y te toque con una verdad aún no comprendida, pero ya sembrada.
Un nacimiento que encarne valor. Que eleve sentido. Que atraviese en silencio el dolor de la vida sin huir dejando espacios para descansar.
Que sea testigo y entregue como un instrumento que nos hable desinteresadamente la cualidad máxima de lo que experimentemos:
Consciencia.
Sylvain Luc
Ambre (ambar)