Hace ya veinticinco años. El título recuerdo siempre lo tuve claro: “el hombre que veía matrículas capicúas”, del contenido no tanto. Un día caminando con mi cuñado me preguntó si tenía alguna habilidad que él no supiese. Le contesté sin dudar: veo matrículas capicúas; giré la cabeza —lo ves, ahí hay una. Sonrió, entre asombro y extrañeza, y preguntó: —¿Y para qué te sirve? Le devolví la sonrisa: —de momento no lo sé, y si te soy sincero tampoco sé si tiene que servir para algo. El tiempo dirá.
El tiempo no dijo nada, pero insistió.
Años después llegaron coches de sendas matrículas 9340 y 4391, y con ellos los trayectos compartidos, los desplazamientos, la enfermedad avanzando en silencio en segundo plano como si también ella siguiera un patrón que no se deja nombrar del todo. Esos números quedaron, no como recuerdo sino como algo que persiste, y si se rozan, si se dejan tocar sin forzarlos, aparece la simetría: 934–439. No lo busco, pero cuando aparecen algo se ajusta, como si una misma nota sonase en habitaciones distintas y, al reconocerla, uno supiera que la casa es la misma.
En Londres, en King's Cross¹, no fui a buscar nada de esto, ni siquiera sabía exactamente qué iba a encontrar, pero allí estaba el muro, la placa, la gente atravesando con la imaginación lo que el cuerpo no puede. No fue magia —o no en el sentido ingenuo—, fue algo más sobrio: coherencia, porque ese 9–3–4 llevaba años apareciendo sin imponerse, como un ritmo de fondo, y de pronto alguien —un guía turístico, un palimpsesto de ciudad, una historia que no es mía— lo coloca delante, no para explicarlo, sino para conexionarse.
No lo inventó la ficción. La ficción lo hizo visible.
La experiencia de atravesar lo que no se ve es anterior a cualquier relato y, sin embargo, necesita a veces de un muro, de un número o de un gesto para poder ser reconocida. Ahí es donde mis escritos han ido dejando, sin insistir demasiado, pequeñas costuras: números que aparecen, se repiten y enlazan fragmentos que en apariencia no tienen relación, no como mensaje sino como persistencia de lo que reclama su sitio.
No es nuevo. Ya asomaba, casi sin querer, en otros textos —“experiencias” (2 de junio de 2010), o “se paró” (26 de octubre de 2015)— como si algo ya estuviera ahí trabajando en silencio, antes de tener forma o nombre.
Ahora lo veo con más claridad, pero no empezó aquí.
El 9 como cierre que no clausura, el 3 como intento creativo, el 4 como forma que sostiene y da estabilidad a un instante; no es un sistema, es una respiración. Y esa respiración, con el tiempo, ha ido tomando cuerpo en algo que no llegué a escribir como libro pero que ya se estaba escribiendo: experiencia → pensamiento → forma, no como método sino como deriva coherente que madura por las entradas de este blog.
Por eso la “serendipia guiada” no me resulta contradictoria. Puede parecerlo desde fuera, pero cuando uno ya viene orientado por dentro, lo que ocurre fuera no guía, confirma. Será que no encuentro cosas, las reconozco cuando deciden mostrarse.
La plataforma 9¾, en ese sentido, no es solo un lugar imaginado, es casi un manifiesto silencioso de lo que llevo tiempo haciendo sin nombrarlo del todo, que es escribir desde un borde, desde una orilla, entre lo racional y lo que lo desborda, entre lo que se entiende y lo que insiste, ahí donde hace falta atravesar un muro que no cede si se duda.
Pero hay algo más, apenas un guiño: el 0 y el 1, lo binario, lo que ordena y codifica, lo que transforma y nos lleva a un futuro impredecible cambiando de forma acelerada nuestro mundo y sin embargo cuando aparece ese 9–3–4 —o su reverso— la lógica no se rompe, se desplaza, como si dijera: sí, el mundo puede leerse como código, pero no se agota ahí, queda un resto, una fuga, y en esa tensión es donde algo vivo ocurre.
No fui a ver un lugar, fui —sin saberlo del todo— a comprobar algo que ya estaba. Tangencias donde lo vivido y lo simbólico se tocan, y cuando eso sucede no hay sorpresa, hay reconocimiento. Un ajuste silencioso que empuja, sin épica, hacia lo esencial. Un muro abierto de par en par.
Números que no cuentan, abren, y que aquel día, sin buscarlo, su cruce fue con uno. No era Londres, era ese lugar —difícil de fijar, imposible de retener— donde lo que se repite en silencio encuentra por fin una forma afuera, y al atravesarlo, sin ruido, sostienen trayectos que la vida muestra.
Y entonces la frase de Rumi deja de ser cita y pasa a ser experiencia:
Lo
que buscas también te está buscando...
Tord Gufstarsen Trío
1. En Londres en la estación Kings Cross en el imaginario de J.K. Rowling (autora de Harry Potterr) está la plataforma 9 ¾, un muro con esa placa muestra por donde los estudiantes de magia acceden al andén y tren que los lleva a Howarts