domingo, 1 de febrero de 2015

trilogía de jota

EPÍLOGO
Sobre la palabra escrita

Hay desenlaces, destinos finales, que resumen y nos trasladan más allá de su significado metáforas de una realidad de estos tiempos (o más bien de todos los tiempos) desde que se nos dio el uso de la razón, si es que alguien nos la dio o no lo hemos trabajado que, a poco que nos demos cuenta, nos informan:

"J" ya no está. Si, el árbol fuerte con forma de “J” ese que vivía en su alcorque en una hilera de castaños en la acera de un vecindario, vecino del longilíneo “I” y del imaginario “K” ya no está. De hecho ninguno de los tres está. Al diferente lo han talado, el estirado, ya rígido hace mucho tiempo también y el imaginario sólo existió más allá en mi imaginación.

"J" no estaba enfermo sólo tenía su centro de gravedad desviado y rompía la alineación de la calle. No suponía ningún peligro para nadie. Se llenaba de frondosas hojas en primavera. Ni siquiera molestaba su presencia en un sentido estético pues "J" rompía un paisaje urbano anodino, de una calle anodina, de una parte de una ciudad anodina, cualquiera.

Pero tuvo la osadía de desviar la atención.

Por lo visto se ve que aprovecharon, en unas tareas de mantenimiento rutinarias para sustituir a ambos de una tacada.

Hubo esfuerzos para paliar una sufrida desviación con piedras de apoyo en su base. Hubo abrazos emotivos sentidos al rodear su cuerpo. Hubo palabras de ánimo y reconocimiento de sus diferencias cómo respeto a su existencia. 

Aportaba lo mismo que los demás, sufría quien sabe si por aguantarse o esforzarse en igualarse. O tal vez no sufría y disfrutaba de su  condición con su morfología rebelde alegrando y calmando el dolor de sus vecinos, esos tan anodinos y formales. 

Incluso los mundos superiores (así me lo comunicaron) en agradecimiento a un acto sincero de amor le regalaron unos incipientes brotes en su base que lo acompañaron unos meses antes de que alguien decidiese analizar lo inexplicable.

El sistema no permite al diferente mucho tiempo. La sociedad dicta sus normas: En perfecta alineación y bien firmes. Conformando una simetría visual desde el centro de la calle, de tal forma que no se vea alterado el paisaje por lo diferente. La uniformidad, lo homogéneo y la igualdad a ambos lados…

Pero esta historia no es nueva, la selección natural se ha repetido una y otra vez de diferentes maneras y formas, obviando y desechando desde el débil, al diferente  y ya veremos si esta vez, consigue ganar la batalla. 

Batalla de una guerra, por cierto, que ya dura miles de eones, en la que se debate la orgullosa tolerancia de los que imponen y creen que debe ser y el respeto por la existencia de los que reclaman su derecho a Ser.


PARTE UNO
La hilera de Castaños

Había una hilera de Castaños de indias cada seis metros en sus correspondientes alcorques. Era la manera oficial de dulcificar los viales y las aristas de un paisaje urbano que se engullía a marchas forzadas el campo. La acera sufría por las raíces de aquellos ejemplares con más años, pero eso sólo ocurría trescientos metros atrás. 

Por la zona que atravesaba, recién creada cuando salía a correr, los Castaños tenían pocos años como así lo hacían ver los aún pequeños perímetros de sus troncos. Todos se mantenían erguidos en perfecta alineación, salvo uno de ellos que llamaba la atención por arrancar en su base doblado. Este hecho hacía que se rompiese la alineación con sus hermanos o vecinos. 

Tenía forma de jota y a pesar de conocerlo bien aún dudaba si lo que quería era hacerse notar respecto a los demás o tratar de enderezarse para en un denodado esfuerzo, integrarse con el resto. 

Lo que no podía era por menos parar y abrazarlo aunque fuesen sólo unos instantes, dado que aun siendo fuerte, suponía debería de ser una pesada carga aguantar la desviación sufrida en su centro de gravedad.
Tanto si quería ser diferente o integrarse, la vida le era más difícil.

Era domingo y coincidió que el buen tiempo hiciese que las familias saliesen a pasear.

Ese día tras pararse a abrazar a "J" como así lo había nombrado, decidió paliar la carga de su sufrido cuerpo colocando una gruesa piedra a modo de apoyo en su base. Una familia que se acercaba a escasos metros le miró intrigados por su proceder.

"¿Papa por qué ha hecho eso ese señor?" Alcanzó a escuchar de una atenta niña que se había percatado de la maniobra.

Una vez había proseguido su entrenamiento matutino no llegó a escuchar la respuesta de los padres. Las voces que respondían a la curiosidad de la niña se difuminaron según avanzaba  unos metros.

Cada tres días comprobaba si la ayuda continuaba presente. Y se paraba unos instantes, lo abrazaba y se comunicaba con "J" para darle palabras de ánimo. 

Ornamento y sombra en días calurosos, sea cual fueren sus intenciones, estaba totalmente convencido que  las necesitaba más que otros.


PARTE DOS
Historia de "I"

Era firme y estirado y perfectamente alineado y "Jota" lo divisaba seis metros más adelante y no pasaba desapercibido por su esbeltez e incluso denotaba esa cierta arrogancia del estirado. Indudablemente era el más aplicado de la hilera de castaños. 

Tan aplicado que mientras los demás se asomaban al unísono inclinándose un poco al centro de la calle para buscar mejor los rayos del Sol y saludar y conversar con sus vecinos de en frente, él permanecía inmóvil, tieso y distante. 

El invierno duro había desnudado a todo el abecedario de árboles y de esa forma sólo jota llamaba la atención para quien o quienes con sus sentidos alcanzasen a ver más allá en sus pensamientos.

Los primeros brotes de la primavera inundaron las ramas de frondosas hojas anunciando un cambio en el paisaje urbano. Y al mirar al cielo, entre las ramas el azul y el verde se alternaban sustituyendo al neutral y melancólico gris de la estación invernal. Acompañando a "J", como no podía ser de otra manera estaba “I”. Solo que….

“I” no mostraba verdor. Tanta sensibilidad, tantas atenciones para el distinto, tantos meses abrazándolo y el que verdaderamente se estaba yendo o se había ido y también hubiese necesitado de atenciones era el aplicado y longilíneo “I”. Un cierto desasosiego me recorrió el cuerpo. 

Me vino a la memoria esta sabia  cita de Lao Tse de su Tao Te Ching:

“Lo rígido y firme pertenece a la muerte, lo blando y flexible pertenece a la vida”

Quizás "J" le succionó en sus raíces el alimento para seguir vivo e  “I” decidió no moverse mucho por si acaso, o a lo mejor el mensaje implícito era simplemente un guiño de la madre naturaleza, para hacernos recordar la lección de la necesidad de prestar sin juzgar la máxima atención a todos y cada uno de los individuos, sean como fuesen estos. Ardua tarea.

Quedaba saber entre otros de “K” un ejemplar seis metros atrás de "J". 

Pero esa es otra historia que completaría esta trilogía si supiese si existen más allá de mi imaginación, castaños con forma de “K” que nos enseñen algo acerca de nuestra misteriosa, increíble y mágica nano-existencia.




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