sábado, 2 de mayo de 2020

el último mohicano

“El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio.”
Brand en la película "Interstellar" de Cristofer Nolan


Uncas, el último mohicano, el hijo de Chingachgook. Cuando desaparezca ya no quedará nadie de la sangre de los sagamores. El último de su raza. Un guerrero valiente. Su única arma un tomahawk. Sus enemigos los hurones. En juego, las pieles de los castores.

Otro Cooper (no el protagonista de "interstellar") escribió su historia en 1826. Uncas el valeroso guerrero, que sólo tenía a su padre, solos, ya no sabían cómo retornar a sus tierras, a una tribu, su tribu, que ya no existía. Sus poblados de infancia a la orilla del río Hudson y al sur del lago Ontario sólo eran vagos recuerdos. Creció entre musgos y helechos, atravesó arroyos y ríos de agua cristalina, se adentró en la tundra, donde el viento puro insuflado de espíritus de los majestuosos abedules amarillos y arces carmesíes, ya no les saludarían más.

Los beneficios con el comercio al colono, al hombre blanco, se los quedaban los malditos wyandot, todo para ellos. Los hurones y sus aliados francos, contra los iroqueses e ingleses, siempre enfrentados y el hombre blanco con sus arcabuces de pólvora, envenenando el aire, colonizando lo virgen, llevando el progreso…

Uncas el último de su estirpe.

Ponían el clásico en la tele, era el uno de marzo y a las 21:00h no quedaba un hueco en el salón. Familiares y amigos, para un total de 10 personas ocupaban todos los asientos habidos y por haber en primera fila dispuestos a perder el control y dar rienda suelta a sus emociones. El campo impoluto de un césped verde como una alfombra plana acogía a los veintidós jugadores. El estadio con 90.000 espectadores abarrotados, y a nivel mundial, una audiencia aproximada de 650.000.000 de personas, completaban el escenario y alcance de este evento.

Había invitado a Uncas. Minutos antes de empezar el partido le ofrecí palomitas (las reconoció al instante) ellos sabían cómo cultivar el maíz, imprescindible en su dieta con el frijol y la calabaza. De beber rechazó la cerveza pero me preguntó si disponía de whiskey. Lo introdujeron los británicos, y a cambio de pieles, fue su autentica ruina. Cosas del comercio. Pero le fascinaba lo rápido que te desinhibía a diferencia de esos enteógenos del hechicero y chaman de su tribu que alrededor del fuego convertían tus manos en poderosas garras de gigantes osos negros, y te permitían enfrentarte valeroso en la batalla a tus enemigos.

Hace unos días (se tuvo que quedar en casa por lo del confinamiento) le pregunté por el “return on investment”. No me entendió nada, no me extraña, me miró con cara de asombro. —Si hombre, la rentabilidad económica, los recursos de tu pueblo. —Ah! me dijo, te refieres a como usábamos nuestros recursos para obtener beneficios —pues imagínate— les dábamos pieles y a cambio nos daban rifles, alcohol y cacerolas de metal. Por cierto estos descerebrados porque las aporrean ahora todos los días a las nueve, no lo entiendo, si eso es para comer, me preguntó sorprendido. Bueno es…. Es que protestan. —Verás, ahora protestan todos. Nadie analiza nada pero todos buscan culpables. Estamos nerviosos por lo del virus, creo. Todos tenemos opinión y nos vemos más fuertes integrados en grupos, como en el fútbol, ya sabes, o eres merengue o eres blaugrana.

Cooper desde el teseracto, seguía moviendo los hilos, que eran los libros de la biblioteca, (el último, el último mohicano), Cristopher Nolan el director, parando el reloj en su imaginación, modificando el espacio y el tiempo. Fenimore Cooper el escritor estadounidense del último mohicano inventándose un valeroso pueblo iroqués que desapareció aniquilado por sus luchas internas con los hurones y la codicia del hombre blanco, entre trampas, praderas inmensas de hierba y búfalos, cazadores de ciervos y colonos europeos, pioneros, haciéndose un hueco en un nuevo mundo, que ni era suyo, ni les pertenecía, ni les importaba lo más mínimo, pero que lo necesitaban porque la situación en el viejo continente era insostenible.

Cuando se agota lo exprimido hay que reinventarse de nuevo.

Hace unos minutos mientras Uncas limpiaba su hacha, y se atusaba la cresta, a la espera de desayunar un buen tazón de leche y copos de maíz tostado, ya aseado (porque ahora la limpieza lo es todo), me preguntó:

—Oye dave verás es que llevo unos días dándole vueltas a una cosa, y no lo tengo claro. Te acuerdas del clásico, el partido ese entre el Real Madrid y el Barsa. Pues verás el calvo con la cresta (se refería al chileno Arturo Vidal jugador del Barcelona) era:

¿Un hurón o un mohicano?

—Le contesté —sinceramente Uncas, no tengo ni la menor idea.


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