Yun Men impartió algunas palabras diciendo: "Todo el mundo tiene una luz; cuando la miras, no la ves y está oscura y tenue. ¿Cuál es la luz de todos?" Él mismo respondió en su nombre: "La despensa de la cocina y la puerta principal". También dijo: "Una cosa buena no es tan buena como nada".
Hay una estancia.
Julio en la playa, abrasador,
húmedo, asfixiante, llevadero por el mundial de fútbol, me permitía volver a
las construcciones de infancia. El Exin Castillos delante del
apartamento vacacional.
Los muros elevados definían una
edificación de viviendas, arquitectónicamente hablando, anacrónica: un medievo de torres,
almenas y saeteras en pleno 2026.
Lo veía desde mi atalaya del
Orfeo, desde un ventanuco de la escalera, en el inframundo, tocando la lira a
mi manera para conmover a los dioses o será más bien a los humanos que nos inducen por la puerta de atrás.
Se cruzó aquel mes otra historia,
distinta: la del estreno de la Odisea. Odiseo, inmortalizado por el director
Nolan, sufriendo y esquivando el canto mortal de las sirenas.
Agosto me retuvo unos días con la
malla y un mapa noruego de 1952 delante de mí vista. Un apartamento en un
décimo, con una terraza espectacular de ciento ochenta grados divisando el
Mediterráneo, en la que el dueño, por precaución ante alquileres de algún mes muy
reciente, había puesto una redecilla provisional transparente forrando su
perímetro.
Muros y mayas, fronteras,
atrapadas en sus formas, me acercaban al día del eclipse.
Tenía perfiladas las cartografías
del Atlas y más o menos su contenido y me quedaba por definir ese más allá del mapa. Este iba a ser un primer intento.
Esa estancia, mi
particular laboratorio alquímico, no sé exactamente cuándo empezó a serlo. Posiblemente
siempre estuvo ahí y tardé años en reconocerlo. Esa habitación, a veces
familiar, otras alquilada, sin más propiedad que el tiempo que uno permanece en
ella, donde se van acumulando cosas que, fuera de allí, parecerían no guardar
relación alguna.
Entran las experiencias, las preguntas, los encuentros, los viajes, las pérdidas, los libros, la música, algunas citas que alguien dijo hace años y regresan cuando menos se esperan.
Entran también las dudas, las contradicciones, aquello que no sabemos explicar
y aquello que creemos haber comprendido hasta que la vida vuelve a ponerlo
delante.
Y se quedan.
Escribir ha sido, y es, de algún
modo, sustituir la esperanza por la espera. No tanto decir lo que sé cómo
averiguar qué ha quedado después de haber vivido.
Esperar a que algo madure. A que
una experiencia deje de ser solamente experiencia y pueda revelar aquello que
escondía. A que una pregunta encuentre otra pregunta. A que dos cosas alejadas
durante años descubran que pertenecían al mismo dibujo.
Estas cartografías son también
eso; el intento de reconocer, después de casi dos décadas, algunos de los
caminos recorridos sin haber sabido siempre hacia dónde llevaban.
El eclipse me devuelve a los
límites.
A los propios y a los ajenos.
No todos vemos lo mismo. No todos
podemos comprender lo mismo. Hay fronteras que nos protegen, otras que nos
separan y algunas que sólo existen porque todavía no hemos encontrado la forma
de atravesarlas.
Aceptar puede ser también eso. Reconocer
el límite sin convertirlo inmediatamente en un juicio. No todo tiene que ser
comprendido para poder ser acogido.
Y siempre quedará otra
experiencia que atravesar, otra pregunta que todavía no sabe que es una
pregunta, otra palabra esperando su momento, otro vínculo entre cosas que hoy
parecen separadas.
Pero sé, querido lector, que lo
demás continúa en la estancia.
El laboratorio sigue abierto, la
vida sigue entrando. Y algo, todavía, sigue buscando su forma.
La puerta queda abierta.
Si has llegado hasta aquí, no
creas haber encontrado el final.
Mira el mapa.
Levanta después la vista.
Y si quieres, entra...
No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero
Ivan Blois
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